jueves, 10 de marzo de 2011

La discusión cultural de fondo

Diario Registrado
9 de marzo de 2011

Por Lucas Carrasco

La discusión cultural de fondo tiene un enorme impacto político y trasciende las trincheritas desde donde la dirigencia política antikirchnerista dispara cebitas y bombas de estruendo, atrapada en una telaraña.

Los aciertos estratégicos del kirchnerismo de disputar (y perder) la renta extraordinaria de la producción primaria sin valor agregado dirigida por la oligarquía diversificada, y disputar (con resultados aún inciertos) contra las corporaciones del sentido común mediático, van mostrando andando el tiempo que la dirigencia opositora que se plegó a las demandas corporativas -con el entusiasmo adolescente de integrar un Club de Fans-, en realidad construyó su propia irrelevancia, ya que las corporaciones no votan.

Así las cosas, el grueso de nuestra actual dirigencia política está formado culturalmente en el mix contradictorio que va del gobierno de Isabel Perón con su secuela de fracasos y destrucción de certezas, la dictadura militar más cruel de la historia y el alfonsinismo. Impregnados de esas diversas culturas y tratando de entender qué sucede en la región y por qué en muchos temas los argentinos estamos, si se quiere, a la vanguardia.

Por caso, en la arquitectura legal para el cine y la cultura en general, en políticas de derechos humanos, en democratización audiovisual, las comparaciones con gobiernos regionales -como el de Evo, Lula, Chávez, ni hablar Tabaré o Mujica- que los presentaban más a la izquierda pero se estancaron y complejizaron en términos teóricos.

Pero la discusión cultural de fondo es qué sucederá con las nuevas generaciones. Aquellas que vivificaron experimentalmente que la presidencia no es el Estado -ahí está la Corte Suprema operando de manera corporativa para los poderes fácticos que les proveen una "buena imagen" o el Grupo A en el Congreso violando el espíritu de la división de poderes, o el ahora orgánico del partido radical, el viceopositor- y que el poder no es el gobierno, sino que hay poderes de facto en alianza con sectores oscuros del Estado y un potencial bloque de articulación reaccionaria con capacidad de movilización y disputa del sentido común. Hay una derecha que no se presenta como tal, por sus antecedentes antidemocráticos y porque hasta ahora, con la anulación de la política, la pasaba bomba.

La rama artística de la cultura ya siente estos sacudones, y cualquier observador atento puede notarlo, sea para desprestigiarlo, denostarlo o abusar del esfuerzo en minimizarlo.

Pero la verdadera inquietud, el ruido, viene de fondo y no es (solamente) contra Cristina Fernández de Kirchner y su más que posible reelección: sino a la constitución de una cultura juvenil -es decir, biológicamente con mayor futuro- que aprendió en carne propia muy difíciles conceptos culturales de las viejas tradiciones nacionales y populares, progresistas, democráticas y de izquierda: que hay zonas oscuras, opacas del Estado y que el Estado no es, en democracias condicionadas y periféricas como la nuestra, el verdadero poder.

El genial escritor Mario Vargas Llosa es parte del boom latinoamericano de escritores de izquierda residiendo en París, discusión que tuvo sus bemoles en los años 50 y 60 y gozó ya de una elegante irrelevancia en los 70, y expresa hoy un mundo que a las nuevas generaciones, y por decirlo académicamente, les chupa un huevo.

De todos modos, la provocativa política de las grandes editoriales oligopólicas y extranjeras de traer a Vargas Llosa a abrir la feria de la Sociedad Rural -donde se venden un montón de libros de playa-, expresa la cruda realidad: con analfabetos funcionales de un lenguaje escueto y vulgar dando una batalla cultural, del tipo de Luis Majul, Nelson Castro o Federico Andafácil, no van ni a la esquina.

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