viernes, 11 de marzo de 2011

Reflexiones sobre el 11 de marzo de 1973

Tiempo Argentino
11 de marzo de 2011

Por Alejandro Horowicz Periodista y escritor.

Cuántas veces cambié de partido para conservar la misma opinión, y cuántas veces cambié de opinión para seguir en el mismo partido. Emanuel Sieyes


El 11 de marzo de 1973, a las 20 horas, todo estaba definitivamente claro: Héctor J. Cámpora y Vicente Solano Lima habían triunfado en las urnas; las viejas banderas gorilas de la Revolución Libertadora mordían el polvo, en las pancartas de la Juventud Peronista, al igual que en todos los paredones suburbanos, se leía: “Cámpora al gobierno, Perón al poder.” Más tarde llegarían las precisiones (49,5% de los votos emitidos correspondían al Frente Justicialista de Liberación), en el mientras tanto, se iniciaba una seguidilla de festejos y movilizaciones que el 25 de mayo, enfrente de la Casa Rosada, alcanzarían el clímax del “se van, se van y nunca volverán”. Volvieron, pero aun así la primavera camporista había estallado, y fueron nuestros días más felices durante la compleja y tensa década del ’70.
Es que pocas veces el bloque de clase dominante sintió, tan intensamente, que el hilo con que se tejía la historia colectiva había cambiado de manos. El Gran Acuerdo Nacional –propuesto e impulsado por el general Alejandro Agustín Lanusse– había sido derrotado. El huracanado viento de la historia había cambiado de dirección, la guerrilla vietnamita discutía en París, con Henry Kissinger, representante del presidente Richard Nixon, el retiro de las tropas estadounidenses de la península Indochina; la derrota militar del imperio pareció, por un instante, la respuesta de todas nuestras preguntas. No supimos ver, como generación, que Kissinger iniciaba tras bambalinas el movimiento que, en el largo plazo, cambiaría una vez más las relaciones de fuerza del poder mundial: la negociación directa con la China del presidente Mao. El poder soviético –por entonces indiscutido– iniciaba un giro que llevaría ese orden a la implosión del año 91. Sin embargo, no era el libro rojo que los estudiantes chinos agitaban, el que abriría otra vía para la revolución mundial; las cuatro modernizaciones y la batalla por la productividad nacional china transformarían al gigante asiático en una superpotencia global. Ahora bien, ese camino, que todavía no terminó de desbrozarse, no pareciera avanzar en dirección de ninguna clase de socialismo. Era otra amarga ironía del enfrentamiento, que por cierto no sería la última.
Retomemos el hilo inicial. Para que el 11 de marzo ingresara a la cadena de posibilidades de la historia nacional, debieron suceder algunas cosas. El cadáver de María Maggi fue desenterrado de un siniestro cementerio vaticano, por agentes de inteligencia del Ejército argentino. Y al llegar a Puerta de Hierro el furgón que lo contenía, terminó quedando claro que se trataba de María Eva Duarte de Perón. Jorge Rojas Silveira, brigadier retirado, embajador de Lanusse ante el general Perón, presentó el recibo para que el jefe del movimiento nacional firmara. Pocas veces barbarie tan intensa pudo ser fotográficamente corroborada. La violencia contra los restos mortales de la “abanderada de los humildes” prefiguró todas las demás. Una gruesa lágrima corrió por las mejillas del general, y un “pobrecita” escapó de sus labios. Pero aun así, esa mujer formaba parte de las condiciones de legalidad requeridas por ese proceso electoral.
Las otras, la devolución del rango de general –que un tribunal militar le había arrancado malamente–, el derecho al uso del uniforme, y los salarios adeudados en su condición de ex presidente de los argentinos, formaron parte de los inevitables reconocimientos. Los costados más siniestros de la Libertadora comenzaban a refluir, al tiempo que el gobierno del general Lanusse sentía cómo el aislamiento social corroía la sólida trama de lealtades políticas.
El quedantismo militar era un camino imposible, y esa comprensión fue todo el capital político de la dictadura militar de los azules.
Claro que Perón quería no sólo “retornar” a la Argentina, sino que estaba particularmente interesado en asumir personalmente la conducción de ese proceso histórico. Y esa fue la pulseada que se desarrolló entre la entrega del cuerpo de Evita, y el regreso de Perón el 17 de noviembre de 1972, primero, y la marcha del general hacia Puerta de Hierro después. Y vale la pena repasar que impidió al general ser candidato legal del arco de fuerzas que se reverenciaban en su nombre.
Primero lo obvio: las Fuerzas Armadas.
Entre los oficiales gorilas, Lanusse llevaba dos ventajas. 1) Se había levantado contra el gobierno peronista en 1951, y había sido condenado por el tribunal militar. 2) En tanto integrante de las familias patricias, su comportamiento de clase resultaba inequívoco. Nadie le suponía ninguna proclividad hacia el peronismo.
Pero el gorilismo personal de Lanusse incluía a la compacta mayoría del cuadro de oficiales y, por tanto, para que Perón pudiera ser candidato la opción debía ser su candidatura o la guerra civil. Si no, no.
Para que esa amenaza pudiera materializarse, el movimiento obrero debía respaldarla en la lucha de calles. No bastaban las declaraciones genéricas de las 62 Organizaciones, sobre todo cuando la Unión Cívica Radical –que gobernaba el Ministerio del Interior, a través de Arturo Mor Roig –estaba más que dispuesta a explotar la proscripción del general. Mientras tanto, la dirigencia sindical ortodoxa –la otra tenía a sus dirigentes presos, como Agustín Tosco y Raimundo Ongaro, en el Penal de Rawson–, había descubierto que la presencia de Perón recortaba su juego y, por tanto, estaba muy interesada en que siguiera en Puerta de Hierro. De modo que la capacidad de movilizar del peronismo pasaba por la JP. Como se trataba de un movimiento en gestación, de crecimiento aluvional y con una dirección en construcción, la respuesta no podía tener la contundencia requerida. Y por eso “el Tío”, como le decían con simpatía, encabezó la fórmula triunfal el 11 de marzo de 1973.

No hay comentarios:

Publicar un comentario