Tiempo Argentino
10 de marzo de 2011
Por Roberto Caballero Director.
Instalar que las restricciones a las importaciones –medidas proteccionistas que todos los países serios utilizan–, son un problema para el conjunto de los argentinos porque la muñeca Barbie, los Power Rangers y el Mini-Cooper no se van a conseguir tan fácilmente en el mercado, es un brulote ridículo, que prueba que el diario de Héctor Magnetto desertó del periodismo para convertirse en la infantería gramática barata de un grupo económico que embiste a ciegas para no resignar sus privilegios.
Decidir qué productos y en qué cantidades entran en el país es una medida soberana que se aplica para que el saldo de la balanza comercial resulte favorable a la nación. El nivel de las reservas obtenidas por la diferencia entre lo que se vende y lo que se compra es lo que permite una flotación administrada del dólar. Eso impide corridas cambiarias o inflacionarias, que es la forma elegida por las corporaciones para condicionar a los gobiernos democráticos.
Es legítimo y hasta exigible que el Estado, en uso de sus atribuciones, desaliente la entrada de productos que dejen sin empleo a los obreros textiles, a los del vidrio, a los madereros, a los metalmecánicos o a cualquier otra rama de la industria local. Recordemos que la mayor pérdida de empleo y la debacle de las pymes se dio cuando la apertura económica fue casi indiscriminada, período que va desde 1976 hasta 2001.
Defender la industria nacional es defender el trabajo y el salario de los argentinos. Tomar partido por los importadores es hacerlo en beneficio de las empresas alemanas o estadounidenses. Pedirle eso al gobierno nacional, como lo hace Clarín desde su tapa, es pedirle que haga lo que ya sabemos que fracasó, dejando un tendal.
Si somos capaces de ver en qué anda el mundo desarrollado, hay que admitir que la no intervención en la economía es una idea socialmente desgarradora y, además, viejísima, tan vieja que hay que remontarse a 1947, cuando Frederick Von Hayek, fundador de la Mont Pelerin Society, sentó las bases de lo que luego se conoció como neoliberalismo. En resumidas cuentas, una especie de religión donde el Dios mercado todo lo resuelve y el Estado regulador ocupa el lugar demoníaco. Cuando Mario Vargas Llosa inaugure en Buenos Aires el próximo congreso de la Mont Pelerin en el Sheraton, de la mano de su socio ideológico Mauricio Macri, es muy probable que Clarín intente presentar estas mismas ideas como trascendentes y libertarias. Nosotros, sin embargo, ya aprendimos que son arcaicas y destructivas, antinacionales y antipopulares. Por lo demás, el inexistente drama de la Barbie secuestrada en un container del malvado Moreno es una anécdota menor pero reveladora: desnuda la banalidad con la que se manejan los dueños del poder y del dinero. Los pinta de cuerpo entero.
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